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La carta de la Policía
La carta de la Policía

Día 337: La declaración

Hace una semana, cuando llegué a casa, mis compañeros de piso me estaban esperando en la cocina con caras de circunstancias. Había recibido una carta con el membrete de la policía sajona y no querían dejarla simplemente en mi escritorio. La abrí inmediatamente con ellos mirando por encima de mi hombro: solo querían tomarme declaración de nuevo por el incidente del Alaunpark.

Y nada, la cita ha sido hoy y, de nuevo, he tenido una fantástica experiencia que relatar. La declaración ha sido en el mismo lugar en el que di testimonio la última vez: la comisaría central (Polizeidirektion), que es la comisaría que está en la Altstadt (el centro de Dresde), al lado de la sinagoga. He llegado a la entrada y me han hecho ir a una oficina que estaba en la otra punta del edificio. La verdad es que no sé si era por el estilo neobarroco del edificio pero, según recorría los pasillos, me ha dado la sensación de que ese sitio tenía que haber servido antes para algo muy chungo (aunque siempre ha sido la sede de la policía; la Gestapo trabajaba en el Hotel Continental junto a la estación central y la Stasi tenía sus oficinas, calabozos y salas de interrogación en el complejo de Bautzner Strasse). Cuando he llegado a la sección adecuada, un policía me ha dicho que esperara en una salita sin ventanas en la que ya estaba la traductora —la carta decía que si quería podía solicitar con antelación un traductor solicitándolo por teléfono (un teléfono en el que atendían solo en alemán)—. Al poco de comenzar a hablar con ella ya he descubierto que ella había estudiado en Salamanca y el resto del tiempo hemos estado hablando sobre ello y haciendo muy buenas migas.

Pasado un buen rato, nos han hecho pasar al despacho de un policía mayor y barrigudo, con bigote blanco y con cara de estar cabreado con la vida. El material de oficina sin duda era de antes de que cayera el muro. El buen hombre no ha hecho ningún ademán de levantarse de su escritorio y yo creo que ni siquiera ha despegado sus ojos de la pantalla. Nos hemos sentado la traductora y yo en las dos sillas opuestas a su escritorio que nos ha indicado con un movimiento de cabeza y, sin presentarse ni explicar nada, ha comenzado a soltar preguntas. Mirando a la traductora, leía con desgana una pregunta de su ordenador, ésta me la traducía al español y yo, mirando como en un partido de tenis a uno y otro, daba mi respuesta. Entonces la traductora pasaba mi respuesta al alemán y el hombrecillo copiaba al dictado en su ordenador tecleando solo con sus dos dedos índices. No hemos tardado mucho en darnos cuenta de que el hombre no usaba la tecla de espacio entre palabras y cuando terminaba de apuntar una respuesta, dedicaba un momento a incorporar los espacios, uno por uno, señalando sus posiciones con el ratón. En cada uno de esos interminables momentos, la traductora y yo nos hemos mirado con cara de “Madre de dios, esto no puede ser verdad”.

Las preguntas han sido del estilo: ¿Qué hacíais en el parque a esa hora? ¿Qué pasó en este momento? ¿Qué pasó entonces? El hombre ha hecho mucho hincapié en el botellazo que le metí a uno de los atacantes (¿tenía que haber venido con abogado?). Su interrogatorio, como ocurrió cuando me tomaron declaración la noche en la que ocurrió todo, ha buscado claramente que yo no diera a entender que los autores de la agresión a Koki eran racistas de extrema derecha. Esta insistencia ha dado pie al segundo momento surrealista del día. El hombre se ha levantado de su silla, ha salido un momento de su oficina y ha regresado con un archivador rojo acolchado que ha abierto sobre sus gordos antebrazos. Era un álbum de fotos grandes como un folio procedentes de fichas policiales. Con voz grave, me ha pedido, según pasaba lentamente página por página, que me asegurara de que no reconocía a algún sospechoso. Todas las fotos eran de punkis de extrema izquierda y cada vez que la traductora y yo veíamos un nuevo retrato, más nos costaba mantener la compostura. Las fotos eran hilarantes: un hombre con un rotulador gordo atravesando el septum de su nariz, otro con una cadena de oreja a oreja por encima de su cara de la que colgaba un emblema de Mercedes claramente robado, otro con tatuajes de contenido sexual en la frente, otro con piercings con forma de pincho brotando por toda su cara, otro… (cada cual peor). Yo trataba de sobrevivir mordiéndome los carrillos. Encima, debe de haber una norma interna que les obliga a sacar la cabeza completa en las fotos policiales, porque, de vez en cuando, al pasar una página, aparecía un punki con una cabeza pequeñita como un jíbaro: su cresta era tan grande que el fotógrafo se había tenido que apartar varios metros para que entrara en el encuadre.

Al terminar el libro y no haber reconocido a nadie, el policía ha dado por terminada la declaración. Al final, por culpa de su peculiar método mecanográfico hemos estado casi dos horas en la comisaría. No sé qué ocurrirá ahora, pero la verdad es que yo ya poco puedo aportar más, porque en menos de un mes volveré a España.

La comisaría central de policía
La comisaría central de policía
15 de agosto de 2006
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