Día 268: Mi bicicleta (Segunda parte)
Mi segunda bicicleta
Mi segunda bicicleta
Dresde fue destruida totalmente 3 veces: en 1685 por un incendio, en 1756 durante un asedio prusiano, y en 1945 en el terrible bombardeo de la Segunda Guerra Mundial. Estas tres destrucciones han permitido a la ciudad crecer de una forma ordenada a lo largo de su historia: todas sus calles (hasta las más antiguas) están pensadas para evitar la propagación de incendios, y a su vez, imponer un cierto orden en las calles. De hecho, Dresde fue la primera ciudad del mundo en aplicar una ordenación urbanística moderna.

Actualmente, en algunas calles existen carriles sólo para los tranvías y también sólo para los autobuses, además de la calzada para el tráfico y las amplias aceras (a veces con zonas de hierba). Y en la gran mayoría de las calles hay un carril-bici, con sus semáforos para bicicletas, sus cruces sólo para bicicletas y sus postes para atar las bicicletas. Como Dresde es prácticamente plana, con muy pocas cuestas, y con un clima agradable (si no cuentas el invierno), la ciudad es perfecta para moverse en bicicleta a cualquier lado. La mayor parte de la gente se mueve en transporte público o en bicicleta por lo que no hay mucho tráfico y no peligra tu integridad al ir sobre dos ruedas.

Y en este contexto, yo no tenía bicicleta: la que tenía me la habían robado, y en el mercado de segunda mano no veía ninguna interesante. Unas semanas antes de que Manuel regresase a España, recordé que él tenia una, así que le presenté una OPA formal por su bicicleta, para que cuando se fuese, yo me quedase con ella. Él me dijo que estaba algo rota, pero que funcionaba bien, y fijó un precio: un döner y una cerveza (para los que no sepan lo que es un döner estoy preparando una amplia entrada sobre esta maravillosa comida turco-germana). Hicimos la transacción y me llevé la bicicleta a casa.

Al fin de semana siguiente la saqué por primera vez para ir a una barbacoa al otro lado de la ciudad y la experiencia fue un desastre total: primero se me rompió el candado y tuve que cortarlo con una lima. Luego casi me mato al meterse la rueda delantera en un rail del tranvía. Decidí ir dando un paseo por la orilla del río y con el traqueteo de los adoquines se me rompieron los cambios y casi se me desmonta. Y por último, el colmo: casi me atropella un caballo desbocado (¿¡!?), que se le había escapado a un niño discapacitado. Cuando llegué a mi destino, tenia ganas de dejarla otra vez en medio de la calle para ver si alguien se la llevaba. Pero me repuse y al día siguiente la arreglé haciendo un par de chapuzas y ahora voy a todas partes con ella. Y es que da gusto ir en bicicleta por una ciudad tan bonita como Dresde. Eso sí, aún ando sin candado, un día de estos iré a comprarlo, pero de momento la dejo en cualquier lado sin atar: en el comedor, en la universidad, en la puerta de mi casa… Me he dado cuenta que nadie mira si la bicicleta está candada, todo el mundo lo da por supuesto. De todas formas, tampoco hay que tentar a la suerte y la compra es ya inminente.
Publicado el 9 de junio de 2006